14 de diciembre de 2013

"En casa del herrero, cuchillo de palo"

Si algo me encanta del refranero popular es la sabiduría que suele encerrar en todos sus enunciados. Por eso, esta entrada quiero titularla con este refrán para hablaros de una pregunta que suele ser muy habitual: ¿Cómo puede ser que los profesionales de la intervención social y que trabajan con las relaciones humanas se enfrenten muchas veces a los mismos problemas que el resto de personas?
Es muy frecuente escuchar (o incluso pensar) que un profesional del Trabajo Social, de la Psicología, de la Pedagogía, de la Educación Social,... debe tener controlados todos los aspectos relacionados con sus relaciones humanas, ya sean personales, familiares o sociales.
Reconozco que yo mismo, en algún momento de la vida, me he preguntado a mí mismo, ¿cómo me puede estar pasando esto a mí?.
Creo que la respuesta es bastante sencilla: la diferencia está en la implicación emocional.
Vamos a profundizar por partes. Cuando un profesional de la intervención social se enfrenta a situaciones complejas en el ejercicio de su actuación, puede tener un grado de implicación emocional con la situación conflictiva más o menos cercano o distante. Esta suele ser otra pregunta muy frecuente también. ¿Cuánto debe implicarse el profesional con la persona que está atendiendo? Pues, para hacerlo de forma correcta, debemos implicarnos para poder empatizar con la otra persona, pero hemos de saber mantener un cierto equilibrio para que esa implicación no suponga "hacer tuya totalmente" la situación del otro. Ambos extremos pueden ser igualmente perjudiciales para la intervención:
Si la implicación emocional es escasa, es muy probable que no pongamos el suficiente interés en la relación de ayuda, pudiéndose llegar a percibir "desinterés".
Si se da un exceso de implicación emocional, el profesional se sumerge tanto en la situación conflictiva que puede llegar a formar parte de la propia estructura del conflicto.
Éste es, precisamente, uno de los grandes aprendizajes que debemos hacer los profesionales: saber encontrar ese "equilibrio sano", que nos permita abordar el conflicto y la relación de ayuda desde una posición de imparcialidad. Si como profesionales perdemos la necesaria imparcialidad, es muy probable que nuestras actuaciones dejen de ser sanas y adecuadas, por lo que estaríamos ante un problema de tipo ético, pues no estamos haciendo todos los esfuerzos a nuestro alcance para ofrecer la mejor atención posible a la otra persona.
La capacidad de alcanzar ese equilibrio depende, en buena medida, de algunas capacidades personales que pueda tener el profesional, pero también se puede aprender y entrenar, siendo fundamental la formación continua en este ámbito.
El ejercicio de este equilibrio supone un gran esfuerzo para los profesionales de la intervención social. Es por ello que se suele leer y escuchar con mucha frecuencia que estos profesionales somos más proclives a padecer lo que se llama el síndrome de "burn out" o estar quemado. Este esfuerzo supone un importante desgaste personal del profesional. Por eso, es muy importante poder contar con algunos recursos que ayudan a evitar estas situaciones, como pueden ser:

  • trabajar en equipo siempre que sea posible (especialmente en las fases de "toma de decisiones", para compartir la responsabilidad),
  • contar con espacios de supervisión profesional en los que analizar nuestra actuación profesional,
  • disponer de "válvulas de escape" para poder descargar la presión y la tensión que produce la intervención,
  • disponer de espacios y tiempos para hacer autoanálisis sobre nuestro ejercicio profesional periódicamente,...

En definitiva, podemos resumir que: los profesionales de la intervención social no somos superhéroes, también nos enfrentamos cada día a conflictos y decisiones, como cualquier otra persona. Nuestra formación especializada nos puede ayudar a identificar con mayor rapidez qué es lo que está ocurriendo, pero al ser parte directamente implicada en el conflicto nos surgen también los mismos miedos, la misma ira, la misma impotencia o tristeza que le puede invadir a cualquier otra persona.
Darnos cuenta de lo que nos está pasando, es el primer paso para poderlo solucionar. Y si además, estamos bien entrenados, podremos solucionarlo mejor.
Hace unos días, leía una frase que encierra mucha sabiduría: "La vida no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa".

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Entrada publicada por Juanma Gil en "Al día del Trabajo Social", en el diario digital menorcaaldia.com, el 14.12.2013

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